Me gustan sus labios a contra luz, opacos. El incendio que es su pelo suelto bajo el ardiente sol. Sus mejillas absolutas cuando le digo “te quiero” sin dejar de mirar sus ojos.
El silencio que hacemos cuando el sol está en su punto más romántico y tranquilo: cuando está muriendo.
Los benditos ríos que corrieron entre las piernas de sus antepasadas hasta llegar a ella.
El atuendo que sus padres eligieron para presentarla al mundo. Sus uñas de improviso. Mis manos después de sus besos. Mi locura cuando se pinta los labios.
Amo cuando se atreve, me sonríe, me atrae…
El ruido, el improviso, el desasosiego. Todo lo que estalla. Esta cárcel invisible que nos aleja. El planeta que le sigue a éste. La luna cuando es nueva. La impaciencia. La frontera entre el país de las promesas muertas y los sueños sobre el futuro. Su zaguán. Su impaciencia. Las colillas de los cigarros.
Cuando la odio, cuando se va, cuando no le importo.
Lo fugaz.
Me gusta la tranquilidad de cuando estoy con ella. El silencio de cuando nos decimos a los ojos. El eco de nuestros suspiros. Cambiamos de tono, estamos serenos pero la chispa de la intranquilidad arde siempre entre nosotros.
El color de la sangre, de los tormentos mentales, de la desesperación, de su cabello, de sus mejillas, de sus labios, de la vida que brota entre sus piernas largas.
ROJO.